Cabrón, cabrón, cabrón. Sabía que podías hacer daño, pero no sabía que lo hiceras siendo consciente de ello. Había conseguido convivir con la idea de que eres un pasado del cual no iba a deshacerme fácilmente, pero no esperaba que aparecieras para decirme que estuve sola y estuve jodida por una ilusión, por una falsedad, por una mentira. Si ya me sentí idiota en su momento, imagínate ahora. No creo que realmente te haya llegado a importar, si no te hubieras callado y no hubieras tenidos los huevos de volver a aparecer.
¿Qué más te daba decirme la verdad? ¿Qué más te daba que supiera que todo eran engaños si ibas a volver a desaparecer después de haberlo soltado todo? ¿Buscabas limpiar tu puta conciencia? Y a mi que me jodan, como siempre ¿no? Además de cabrón, egoista. Ni si quiera me has dado la oportunidad de mandarte a la mierda en condiciones.
Pareces decidido a aparecer siempre cuando menos te necesito, cuando más lejos estás de mi mente. Siempre con malas noticias, siempre con nuevos intentos de hundirme en la mierda; en tu mierda.
Cómo si esperaras que volviera a caer, volviera a ceder y corriera a buscarte y a pedirte que estés a mi lado, que te quiero igual, que no me importa, que puedo pasar por alto todo.
Has conseguido que quiera borrarte de mi mente, hacerte desaparecer y no conservar de ti ni si quiera un recuerdo agradable. Que quiera odiarte y encontrarte solo para que tengas el valor de mirarme a los ojos y contármelo todo a la cara.
¿Y qué se supone qué tengo que hacer ahora? ¿Me enfado? ¿Te odio? ¿Encuentro la manera de hablar contigo solo para decirte hasta que punto me has jodido todos y cada uno de los días en los que estuviste presente? ¿Esperas que lo ignore? ¿Realmente crees que puedo? Eres un jodido desgraciado, un cobarde, un rastrero mentiroso.
Pero, ¿sabes qué? Te perdono. Porque lo que para ti era un juego, para mi fue importante y no me arrepiento de nada, volvería a llenar hojas y hojas de cuadernos hablando de unos ojos que no te pertenecían, de un encuentro furtivo, sentimientos que ahora se ven ridiculizados. Porque tal vez si no hubieras aparecido yo seguiría siendo una ingenua solitaria. Me abriste los ojos y me demostraste que no puedes abandonarlo todo por un "te quiero" escrito que no tiene ningún tipo de peso real. Me ayudaste a no creer cualquier "te quiero" a no creerme al primero que pasara y a ser un poco como soy.
Te perdono. Pero espero que sea verdad, espero que esta sea la última vez que apareces en mi vida. Realmente espero que te vayas, que desaparezcas y que me dejes en paz para siempre.
Porque no creo que pueda perdonarte otra vez.
Behind.
Un trozo de espejo, un vaso con agua, una canica que no sabe girar, unos gritos envasados al vacío que nadie quiso nunca escuchar, una mirada en una cámara de fotografía, una gran bola de cristal que refleja el cielo, un arcoiris pintado en un trozo de servilleta, dos palabras escritas con rotulador en el marco de una puerta, un nombre, una sonrisa, una canción, siete frases de siete palabras, miles de listas de cosas que nadie entiende;
papel y un bolígrafo.
domingo, 2 de septiembre de 2012
domingo, 26 de agosto de 2012
Esto ha sido otra puta mierda patrocianada por mi.
Ya va siendo hora de que me admita a mi misma que estoy a la cola.
No puedo enfadarme contigo, porque no es tu culpa. Pero estoy enfadada, más conmigo que con nadie, por tomarme tantas molestias para verte hoy y emplear tanto esfuerzo para nada. Por querer ser la primera en abrazarte y no poder estar ahí. Y tener que esperar y que otros vayan a poder estar contigo mientras yo estoy encerrada entre cuatro paredes con las narices metidas en un libro.
Y muero de rabia y de celos y de envidia y me ahogo en mis propias ganas de dejar de llorar, pero no puedo parar. Hace días que no puedo parar.
Te juro que me hubiera bastado con cinco minutos para compensar estas semanas. Que con cinco minutos se hubieran borrado estos últimos días de sentirme sola y abatida. Pero no va a ser posible y no va a haber nada.
Aquí seguiré, despertandome cada días con ganas de que estés a mi lado. Tomándome el colacao antes de ir a la biblioteca a dejar que mi dolor de cabeza suba como si fuera levadura, pretendiendo que sigues lejos para no tener la tentación de correr a buscarte y mandarlo todo a la mierda para poder estar contigo. Pero no tengo ese derecho. Porque tengo palabras que memorizar y poco tiempo para ellas, nada para ti.
Y me pregunto si a ti no te sentará mal. Si a ti no te hubiera gustado verme a mi antes que ver al resto, si no recuerdas que me debes miles de abrazos y que todavía tienes que comerme a besos. Pero tampoco voy a preguntártelo, porque sería estúpido comerte el tarro y hacerte sentir minimamente culpable por algo que ni es tu culpa, ni tiene remedio. Así que me callo, pero descargo toda la rabia y el mal estar y las ganas de mandarlo todo al puto infierno, aquí, en mi espacio propio.
Tal vez quiera que lo leas. Que te importe. Que sepas que estoy de mierda hasta las orejas y que me siento muy mal y que no te lo pienso decir. Si quieres descubrirlo estás en tu derecho y si quieres reprochármelo también.
Hoy me iré a dormir, con la sensación de que todo está mal dentro de mi. Porque lo que para muchos puede significar algo pequeño y estúpido, para mi era realmente importante. Y me acostaré con las dudas y con las lágrimas como compañeras y con un dolor de cabeza de esos que no se quitan ni a golpes. Y soñaré contigo, porque soy la primera siempre para torturarme. Me dejaré comer por mi propia mierda y morire de ganas de estar sola por no poder estar contigo.
Lo siento. Siento ser así y quizás te desagrade leer esto y saber que eres tú para quien está escrito. Pero ya me conoces y sabes de sobra lo que hay. Y lo que hay es una niñata caprichosa que se enfada por tener que estar a la cola de todo el mundo.
Y ahora, si no te importa, me voy a consumir un cigarrillo.
No puedo enfadarme contigo, porque no es tu culpa. Pero estoy enfadada, más conmigo que con nadie, por tomarme tantas molestias para verte hoy y emplear tanto esfuerzo para nada. Por querer ser la primera en abrazarte y no poder estar ahí. Y tener que esperar y que otros vayan a poder estar contigo mientras yo estoy encerrada entre cuatro paredes con las narices metidas en un libro.
Y muero de rabia y de celos y de envidia y me ahogo en mis propias ganas de dejar de llorar, pero no puedo parar. Hace días que no puedo parar.
Te juro que me hubiera bastado con cinco minutos para compensar estas semanas. Que con cinco minutos se hubieran borrado estos últimos días de sentirme sola y abatida. Pero no va a ser posible y no va a haber nada.
Aquí seguiré, despertandome cada días con ganas de que estés a mi lado. Tomándome el colacao antes de ir a la biblioteca a dejar que mi dolor de cabeza suba como si fuera levadura, pretendiendo que sigues lejos para no tener la tentación de correr a buscarte y mandarlo todo a la mierda para poder estar contigo. Pero no tengo ese derecho. Porque tengo palabras que memorizar y poco tiempo para ellas, nada para ti.
Y me pregunto si a ti no te sentará mal. Si a ti no te hubiera gustado verme a mi antes que ver al resto, si no recuerdas que me debes miles de abrazos y que todavía tienes que comerme a besos. Pero tampoco voy a preguntártelo, porque sería estúpido comerte el tarro y hacerte sentir minimamente culpable por algo que ni es tu culpa, ni tiene remedio. Así que me callo, pero descargo toda la rabia y el mal estar y las ganas de mandarlo todo al puto infierno, aquí, en mi espacio propio.
Tal vez quiera que lo leas. Que te importe. Que sepas que estoy de mierda hasta las orejas y que me siento muy mal y que no te lo pienso decir. Si quieres descubrirlo estás en tu derecho y si quieres reprochármelo también.
Hoy me iré a dormir, con la sensación de que todo está mal dentro de mi. Porque lo que para muchos puede significar algo pequeño y estúpido, para mi era realmente importante. Y me acostaré con las dudas y con las lágrimas como compañeras y con un dolor de cabeza de esos que no se quitan ni a golpes. Y soñaré contigo, porque soy la primera siempre para torturarme. Me dejaré comer por mi propia mierda y morire de ganas de estar sola por no poder estar contigo.
Lo siento. Siento ser así y quizás te desagrade leer esto y saber que eres tú para quien está escrito. Pero ya me conoces y sabes de sobra lo que hay. Y lo que hay es una niñata caprichosa que se enfada por tener que estar a la cola de todo el mundo.
Y ahora, si no te importa, me voy a consumir un cigarrillo.
sábado, 18 de agosto de 2012
"Metáforas..."
¿Conoceís ese sueño en el que sientes como caes precipitadamente al vacío y te levantas de golpe en la cama? Ella lo había tenido aquella noche y se había despertado cayendo al vacío sin un colchón bajo su cuerpo. Su cuarto se había desvanecido y ahora se encontraba frente a una pared lisa y rocosa bajando a una velocidad tan impactante que no se sentía capáz ni de gritar. Su pelo y su vestido se agitaban al choque contra el viento de frente. No sabía si encogerse o estirarse, no podía reaccionar de ningún modo y estaba asustada. Finalmente, cerró los ojos y decidió esperar encogiendose sobre si misma hasta acabar hecha una pequeña bolita.
Y luego todo fue silencio y humedad. A sus oídos solo llegaba sonido de bubujas, silencio de agua y a sus pulmones falta de oxígeno. Abrió los ojos y se encontró a escasos centímetros de unas puntiagudas rocas que amenacaban con deshacer su cuerpo. Se aferró a una de ellas y miró hacia arriba; veía la ténue luz de la luna chocando contra la superficie del agua que dejaba a algunos de sus rayos penetrar en las profundidades acuáticas. Un ardor infernal se apoderó de sus pulmones, de su garganta y la falta de aire comenzó a pedirla a gritos que nadara hasta la superficie. A duras penas consiguió llegar, cada brazada se le hacía más pesada e imposible, necesitaba salir pero veía que no podía. Con un último impulso de brazos cansados, alcanzó su objetivo y exhaló una profunda bocanada de aire frío y nocturno. Su pecho palpitaba con fuerza, le dolían la cabeza y los oídos, por no hablar de los brazos.
Comenzaba a calmarse y buscaba con la vista, ya acostumbrada a la escasa luz, algo a lo que poder agarrarse. No tenía ni idea de dónde estaba y solo alcanzaba a ver la lisa pared rocosa y agua. Agua por todas partes, agua helada y oscura, como una inmensa tiniebla rodeándola. No se escuchaba ruido alguno; ni grillos, ni el viento entre los árboles, ni si quiera el agua producía más sonido que el de las brazadas que ella misma daba para mantenerse a flote. Se echó a nadar hacia adelante, sin saber que encontraría o que podría sucederle. Pero cuando las cosas se encuentran en un punto como ese solo puedes avanzar o manterte en el sitio rezando por una solución. Y a ella no le gustaba nada rezar.
Seguía nadando, agradeciendo que no hubiera corriente alguna que pudiera arrastrarla. A pesar de todo no era tan mala la situación. El largo vestido comenzaba a convertirse en poco más que un lastre. Decidió despojarse de él quedando totalmente desnuda, desprotejida. El frío del agua entumecía sus miembros, le dolían los brazos y le temblaban los labios. Pero no dejaba de nadar, de fente a la nada con la luna como única compañía. Sentía el calor de las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Se planteaba la idea de bandonar y dejarse morir en el fondo del agua. De hecho, a punto estaba de rendirse cuando notó arena bajo sus pies. Con los ojos abiertos como platos, comenzó a caminar sobre la orilla y cuando el agua a penas le cubría los tobillos, se dejó caer y lloró en silencio, sintiéndose por fin a salvo.
Espero que sepaís leer entre líneas. Espero que podáis entender la metáfora.
Y luego todo fue silencio y humedad. A sus oídos solo llegaba sonido de bubujas, silencio de agua y a sus pulmones falta de oxígeno. Abrió los ojos y se encontró a escasos centímetros de unas puntiagudas rocas que amenacaban con deshacer su cuerpo. Se aferró a una de ellas y miró hacia arriba; veía la ténue luz de la luna chocando contra la superficie del agua que dejaba a algunos de sus rayos penetrar en las profundidades acuáticas. Un ardor infernal se apoderó de sus pulmones, de su garganta y la falta de aire comenzó a pedirla a gritos que nadara hasta la superficie. A duras penas consiguió llegar, cada brazada se le hacía más pesada e imposible, necesitaba salir pero veía que no podía. Con un último impulso de brazos cansados, alcanzó su objetivo y exhaló una profunda bocanada de aire frío y nocturno. Su pecho palpitaba con fuerza, le dolían la cabeza y los oídos, por no hablar de los brazos.
Comenzaba a calmarse y buscaba con la vista, ya acostumbrada a la escasa luz, algo a lo que poder agarrarse. No tenía ni idea de dónde estaba y solo alcanzaba a ver la lisa pared rocosa y agua. Agua por todas partes, agua helada y oscura, como una inmensa tiniebla rodeándola. No se escuchaba ruido alguno; ni grillos, ni el viento entre los árboles, ni si quiera el agua producía más sonido que el de las brazadas que ella misma daba para mantenerse a flote. Se echó a nadar hacia adelante, sin saber que encontraría o que podría sucederle. Pero cuando las cosas se encuentran en un punto como ese solo puedes avanzar o manterte en el sitio rezando por una solución. Y a ella no le gustaba nada rezar.
Seguía nadando, agradeciendo que no hubiera corriente alguna que pudiera arrastrarla. A pesar de todo no era tan mala la situación. El largo vestido comenzaba a convertirse en poco más que un lastre. Decidió despojarse de él quedando totalmente desnuda, desprotejida. El frío del agua entumecía sus miembros, le dolían los brazos y le temblaban los labios. Pero no dejaba de nadar, de fente a la nada con la luna como única compañía. Sentía el calor de las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Se planteaba la idea de bandonar y dejarse morir en el fondo del agua. De hecho, a punto estaba de rendirse cuando notó arena bajo sus pies. Con los ojos abiertos como platos, comenzó a caminar sobre la orilla y cuando el agua a penas le cubría los tobillos, se dejó caer y lloró en silencio, sintiéndose por fin a salvo.
Espero que sepaís leer entre líneas. Espero que podáis entender la metáfora.
G.
viernes, 17 de agosto de 2012
Vidas cruzadas, esquinas.
Cada esquina de cada calle de cada ciudad de cada país esconde un secreto, una historia, unos amantes, un beso, un sueño, una poesía. Este es mi espacio, esta es mi esquina.
Pero tres calles más abajo de la calle en la que estamos mi esquina y yo está ocurriendo algo.
Alguien llora.
Es un llanto de esos terribles en los que se derrama un pedacito de uno mismo con cada lágrima. Una mujer solloza desconsoladamente sentada en la puerta de su casa con un cigarrillo más consumido que fumado en la mano derecha. Tiembla. Hace calor, mucho calor, pero ella tiembla. Está tan nerviosa que no puede ni llevárselo a los labios para darle una o dos caladas. ¿Y por qué llora? ¿Por qué llora si hace tan solo unos minutos estaba perfectamente? Ha recibido una llamada de teléfono, una fría voz la ha comunicado el ingreso en un hospital de su hijo más pequeño a causa de un gravisimo accidente de tráfico. Su marido ha salido corriendo hacia el hospital, pero ella sabe que ya no hay nada que hacer. Lo siente en su pecho a modo de un dolor agudo. Una de esas sensaciones que quizás solo una madre puede tener.
Los vecinos la oyen llorar, pero ninguno tiene el valor de salir y preguntar el por qué. Ninguno quiere tener que consolarla.
En la esquina que de la calle del mismo hospital al cual el marido de esta mujer se dirige, hay un chico con un bote de pintura negra en la mano. Ha encontrado la pared perfecta para plasmar su arte; está dibujando al actual presidente del gobierno recibiendo una patada en el trasero por la bota de un punk. Un jóven anarka cabreado. La máscara le proteje de los "vapores" del espray y la capucha lo cubre para no ser reconocido. Sabe que lo que hace es ilegal, pero quiere hacerlo y, a pesar de las altas temperaturas, soporta llevar la sofocante sudadera. Sabe el riesgo que corre; una detención más y le enviarán de cabeza a un correccional. Su madre estará en casa preocupada, sin poder dormir.
Un grito lo alerta. Un policía avanza corriendo hacia él con la intención de detenerle. Sin pensárselo dos veces, agarra la bolsa de pintura y sale corriendo calle abajo como alma que lleva el diablo con el policía detrás.
Y al final de la calle, un tipo tira su el cigarro alarmado por el ruido y se resguarda en la sombra de un callejón al que no llegan las luces de las farolas. Evidentemente, el contenido del cigarrillo no era legal, pero si muy caro. Por eso, cuando el bullicio pasa y el policía ya no está al alcance de la vista, lo recupera. Lo vuelve a encender y le da una larga calada que le produce un placentero mareo. Y al soltar el humo la ve; ahí está, su silueta de curvas perfectas desdibujadas en las nubes que salen de su boca. Ella, su antigua novia, ha decidido terminar con él y se ha largado con otro. Pero él no puede soportar la idea y llora, apoyándose en la pared, maldiciendo al humo que lo traiciona. Agarra una botella de un cargado vodka y le da un trago casi mortal. Al instante, cae rendido en el suelo y antes de perder la consciencia, resuena en su cabeza la risa de ella.
Ella, que está también en la ciudad algunos barrios más al norte, camina de la mano de su nuevo amante. Pero una punzada la obliga a detenerse. Los ojos verdes del chico al que a penas unas horas antes ha dejado tirado en la estación de tren aparecen en su mente, como un destello fugaz pasan por su cabeza los tres años que han vivido juntos. Su acompañante, preocupado, se detiene a su lado preguntando si todo está bien. Ella sonríe, asiente, lo besa y dice que ha sido solo un mareo, que está bien. Y agarrando de nuevo su mano, retoman el paseo sin percatarse de los ojos amarillos de un felino que los observa desde un muro.
El gato acaba de escapar de su casa en busca de una pequeña diversión nocturna. Un delicioso aroma a pescado asado lo hace desviar su atención de los paseantes y dirigir su rumbro hacia donde su olfato lo guía. Pero algo lo distrae; un pájaro despistado y estraviado que pía sin saber qué dirección tomar. No es un ave nocturna, solo un ave de ciudad desorientada. Agazapado entre las sombras, el minino, lo mira con atención. Su nueva presa, la presa perfecta, la cena. Lentamente avanza hacía el animalillo con la mala suerte de tropezar con una rama suelta que cruje de una manera casi inaudible bajo su peso. El pájaro gira su cabecita y mira a su atacante y con un rápido movimiento echa a volar dejándolo sin cena. Hace unos minutos que hay un pájaro posado en mi ventana. La noche ahora está calmada. Ya nadie llora y yo sigo aquí, ajena a todas las esquinas del mundo, escribiendo esto.
Pero tres calles más abajo de la calle en la que estamos mi esquina y yo está ocurriendo algo.
Alguien llora.
Es un llanto de esos terribles en los que se derrama un pedacito de uno mismo con cada lágrima. Una mujer solloza desconsoladamente sentada en la puerta de su casa con un cigarrillo más consumido que fumado en la mano derecha. Tiembla. Hace calor, mucho calor, pero ella tiembla. Está tan nerviosa que no puede ni llevárselo a los labios para darle una o dos caladas. ¿Y por qué llora? ¿Por qué llora si hace tan solo unos minutos estaba perfectamente? Ha recibido una llamada de teléfono, una fría voz la ha comunicado el ingreso en un hospital de su hijo más pequeño a causa de un gravisimo accidente de tráfico. Su marido ha salido corriendo hacia el hospital, pero ella sabe que ya no hay nada que hacer. Lo siente en su pecho a modo de un dolor agudo. Una de esas sensaciones que quizás solo una madre puede tener.
Los vecinos la oyen llorar, pero ninguno tiene el valor de salir y preguntar el por qué. Ninguno quiere tener que consolarla.
En la esquina que de la calle del mismo hospital al cual el marido de esta mujer se dirige, hay un chico con un bote de pintura negra en la mano. Ha encontrado la pared perfecta para plasmar su arte; está dibujando al actual presidente del gobierno recibiendo una patada en el trasero por la bota de un punk. Un jóven anarka cabreado. La máscara le proteje de los "vapores" del espray y la capucha lo cubre para no ser reconocido. Sabe que lo que hace es ilegal, pero quiere hacerlo y, a pesar de las altas temperaturas, soporta llevar la sofocante sudadera. Sabe el riesgo que corre; una detención más y le enviarán de cabeza a un correccional. Su madre estará en casa preocupada, sin poder dormir.
Un grito lo alerta. Un policía avanza corriendo hacia él con la intención de detenerle. Sin pensárselo dos veces, agarra la bolsa de pintura y sale corriendo calle abajo como alma que lleva el diablo con el policía detrás.
Y al final de la calle, un tipo tira su el cigarro alarmado por el ruido y se resguarda en la sombra de un callejón al que no llegan las luces de las farolas. Evidentemente, el contenido del cigarrillo no era legal, pero si muy caro. Por eso, cuando el bullicio pasa y el policía ya no está al alcance de la vista, lo recupera. Lo vuelve a encender y le da una larga calada que le produce un placentero mareo. Y al soltar el humo la ve; ahí está, su silueta de curvas perfectas desdibujadas en las nubes que salen de su boca. Ella, su antigua novia, ha decidido terminar con él y se ha largado con otro. Pero él no puede soportar la idea y llora, apoyándose en la pared, maldiciendo al humo que lo traiciona. Agarra una botella de un cargado vodka y le da un trago casi mortal. Al instante, cae rendido en el suelo y antes de perder la consciencia, resuena en su cabeza la risa de ella.
Ella, que está también en la ciudad algunos barrios más al norte, camina de la mano de su nuevo amante. Pero una punzada la obliga a detenerse. Los ojos verdes del chico al que a penas unas horas antes ha dejado tirado en la estación de tren aparecen en su mente, como un destello fugaz pasan por su cabeza los tres años que han vivido juntos. Su acompañante, preocupado, se detiene a su lado preguntando si todo está bien. Ella sonríe, asiente, lo besa y dice que ha sido solo un mareo, que está bien. Y agarrando de nuevo su mano, retoman el paseo sin percatarse de los ojos amarillos de un felino que los observa desde un muro.
El gato acaba de escapar de su casa en busca de una pequeña diversión nocturna. Un delicioso aroma a pescado asado lo hace desviar su atención de los paseantes y dirigir su rumbro hacia donde su olfato lo guía. Pero algo lo distrae; un pájaro despistado y estraviado que pía sin saber qué dirección tomar. No es un ave nocturna, solo un ave de ciudad desorientada. Agazapado entre las sombras, el minino, lo mira con atención. Su nueva presa, la presa perfecta, la cena. Lentamente avanza hacía el animalillo con la mala suerte de tropezar con una rama suelta que cruje de una manera casi inaudible bajo su peso. El pájaro gira su cabecita y mira a su atacante y con un rápido movimiento echa a volar dejándolo sin cena. Hace unos minutos que hay un pájaro posado en mi ventana. La noche ahora está calmada. Ya nadie llora y yo sigo aquí, ajena a todas las esquinas del mundo, escribiendo esto.
miércoles, 15 de agosto de 2012
"Estoy en la edad".
Saltarse las normas. Follarse a la vida y fumarse los esterotipos.
Las generaciones han cambiado, nos hemos hablandado, nos hemos dejado ganar y consumir por el sistema. Ahora todas tienen que ser delgadas, pelirrojas, de ojos claros y labios perfectos. Eso es lo que quieren de nosotras. Y ellos, todos iguales; pelo largo por encima de los ojos, liso y perfectamente peinado. Parejas estereotipadas que sonrien al objetivo de una cámara y muestran en todo tipo de redes sociales el millón de fotos que tienen juntos.
¿Y el secretismo? ¿Y los pelos locos? ¿Y la gente distinta? ¿Dónde están los jóvenes?
Hemos convertido la edad de los cambios y las locuras en una espiral de decisiones previsibles, de muñequitos de plástico obsesionados con la perfección física y las modas.
No quiero decir que este mal, solo digo que si quieres teñirte el pelo de rojo lo hagas porque es lo que quieres no porque "es lo que se lleva" y que si quieres dilatarte la oreja te guste a ti, no a la gente con la que vas.
Quiero decir que hemos pasado de la locura a la previsibilidad en apenas unos años a causa de las tecnologías. Y eso no está bien.
Hay que volver a lo de antes, a la esencia de ser joven y tener la cabeza llena de locuras pendientes; hacer lo que te plazca por qué es lo que más te apetece, por qué es un impulso, por qué te sale de los cojones.
¿Hoy te apetece llorar? Llora. ¿Te apetece gritar? Grita. ¿Buscas pelea? No jodas, hay miles de personas en las calles que quieren lo mismo que tú y no les importará partirte la cara.
Escribe tus sueños en hojas de papel y no aporreando un teclado para escribir una frase de menos de 160 caracteres. Canta a voz en grito la música que te apetezca, que te guste a ti aunque nadie más pueda soportarla.
Eres libre de querer soñar con cambiar el mundo, de meterte en líos y salir de ellos totalmente jodido, pero con una vivencia más a la espalda. Porque metido en casa, colgado del ordenador haciendo nada, dedicándote a ver fotos de otras personas que si se dedican a vivir, no vas a lograr cambiar una mierda. Y tendrás muchos seguidores en tumblr y twitter, pero esas personas no son tus amigos, no les importas una mierda. Tus amigos están en la calle esperándote para comeros la noche, para meteros de todo y acabar descojonados en el suelo preguntándoos como habeís llegado hasta allí. Tratando juntos de recordar todo lo que pasó y asustados de que os falten detalles.
Coño, que tienes ¿quince, dieciseís, diecisiete años...? ¿Y ya estás todo el día tirado, aburrido y sin saber que cojones hacer? ¿No te faltan horas para hacer todo lo que quieres hacer en un día? ¿En serio?
Abandona ese conformismo, enamórate, emborráchate, sal a las calles con tus colegas y métete en problemas. En unos años te arrepentirás de no tener nada que contarle al mundo sobre tu juventud.
Yo me largo de aquí ¿te hace?
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