No existen las comparaciones, cielo.
Behind.
Un trozo de espejo, un vaso con agua, una canica que no sabe girar, unos gritos envasados al vacío que nadie quiso nunca escuchar, una mirada en una cámara de fotografía, una gran bola de cristal que refleja el cielo, un arcoiris pintado en un trozo de servilleta, dos palabras escritas con rotulador en el marco de una puerta, un nombre, una sonrisa, una canción, siete frases de siete palabras, miles de listas de cosas que nadie entiende;
papel y un bolígrafo.
jueves, 19 de julio de 2012
miércoles, 18 de julio de 2012
¡A callar, que empieza la hora de las putas!
A veces las cosas fallan y no es culpa de nadie. Pero como no es culpa de nadie que yo esté llorando, no espero que nadie cargue con las culpas.
Lo que quiero decir es que hay veces en las que te levantas con mal pie y te apetece algo y no puede ser ¿van a culparme entonces por estar como estoy?
Basta, por favor, de tanta hipocresía. Que todos hemos estado mal y mil veces peor.
¿Tanto cuesta creerme cuando digo que se me pasará?
Déjarme llorar en paz si no tenéis nada mejor que sugerirme, si no sois capaces de hacer nada por mi...
Why are you so...?
-Esa manera de llorar se asemeja mucho a llover.
-Lo siento...
-Me gusta la lluvia, pero no en tus ojos.
-Lo siento...
-Me gusta la lluvia, pero no en tus ojos.
sábado, 14 de julio de 2012
"I think I saw you in my sleep... darling".
-No tengo nada que ofrecerte, nada.
La miraba con los brazos extendidos, situado de puntillas al borde de la piscina y sonriendo. Era de noche y la única luz que había era la de las lámpara que había en las paredes de la piscina, por debajo del agua.
Se habían colado en la piscina municipal, tal vez habían fumado demasiado aquella noche y aquella loca idea les había parecido bien a ambos. No lo sabían del todo con exactitud, pero los tonos azulones de la iluminación le daban a aquel lugar un ambiente mágico, casi espectral.
Ella se le acercó, sonriendo, moviendo las caderas de manera coqueta. Se quitó los zapatos mientras caminaba y, a escasos centímetros de él, se puso de puntillas para besarle. Cuando sus ojos estaban a la misma altura, le empujó. El chico, sorprendido, agarró el vestido de ella obligándola a caer al agua y ella, profiriendo un grito, se agarró a su camiseta.
Se acercaron el uno al otro, bajo el agua helada se abrazaron y con la última gota de aire, se besaron un segundo.
Y una vez fuera, y tras exhalar una importante cantidad de aire, ella trató de zafarse de él y de fingirse enfadada.
-¡Idiota, suelta, suelta! ¡Me has empapado el vestido y el agua está helada!- Le miraba frunciendo el ceño y él respondía con una tierna sonrisa y sin dejar de abrazarla.
-Bésame. Y luego, si todavía tienes ganas, me gritas.- Río, acercando su boca a la suya y pegando sus cuerpos. Ella no oponía resistencia, miraba los labios de él con ternura, con cierto deseo.
-Yo esto lo he soñado antes...- murmuró antes de besarle.
La miraba con los brazos extendidos, situado de puntillas al borde de la piscina y sonriendo. Era de noche y la única luz que había era la de las lámpara que había en las paredes de la piscina, por debajo del agua.
Se habían colado en la piscina municipal, tal vez habían fumado demasiado aquella noche y aquella loca idea les había parecido bien a ambos. No lo sabían del todo con exactitud, pero los tonos azulones de la iluminación le daban a aquel lugar un ambiente mágico, casi espectral.
Ella se le acercó, sonriendo, moviendo las caderas de manera coqueta. Se quitó los zapatos mientras caminaba y, a escasos centímetros de él, se puso de puntillas para besarle. Cuando sus ojos estaban a la misma altura, le empujó. El chico, sorprendido, agarró el vestido de ella obligándola a caer al agua y ella, profiriendo un grito, se agarró a su camiseta.
Se acercaron el uno al otro, bajo el agua helada se abrazaron y con la última gota de aire, se besaron un segundo.
Y una vez fuera, y tras exhalar una importante cantidad de aire, ella trató de zafarse de él y de fingirse enfadada.
-¡Idiota, suelta, suelta! ¡Me has empapado el vestido y el agua está helada!- Le miraba frunciendo el ceño y él respondía con una tierna sonrisa y sin dejar de abrazarla.
-Bésame. Y luego, si todavía tienes ganas, me gritas.- Río, acercando su boca a la suya y pegando sus cuerpos. Ella no oponía resistencia, miraba los labios de él con ternura, con cierto deseo.
-Yo esto lo he soñado antes...- murmuró antes de besarle.
miércoles, 11 de julio de 2012
Que nos prohiban lo prohibido, estaremos escondidos.
El calor inusual del encuentro puntual de dos cuerpos que, desnudos, se buscan en medio de la noche. Y se encuentran, claro que se encuentran.
Comienza el estallido. Se para el mund. Las luces se desvanecen, se enciende la oscuridad.
Primero juegan; se acarician con suavidad, recorren sus cuerpos con las manos, desdibujando sus formas con los dedos; escalofríos. Se besan, besos rápidos, cortos, acelerados. Vacilantes en algún momento, entre risas, se evitan para luego dejar caer los suspiros, mientras los besos se van alargando. Se van transformando en un baile de lenguas que se buscan tímidamente en un primer instante y después, progresivamente, con más ansiedad. Labios que no quieren despegarse, pero que lo hacen solo para depositar nuevos besos en distintos lugares; el cuello, el pecho, la mejilla, la frente, la comisura de los labios, la espalda... Comentarios sueltos, carentes de sentido a veces, otras no. Una sonrisa que se escapa, una mirada cargada de calor que transforma las caricias suaves en encuentros más lascivos, más ardientes y húmedos.
Y entonces ocurre. La timidez sale volando, enganchada a las prendas de ropa que se arrancan el uno al otro. Miradas fugaces e intensas, cargadas de deseo, de pasión, de ganas de poder devorarse, de poder tenerse, sentirse, amarse en un término totalmente apartado de la sociedad. Un contacto infinito que no precisa de palabras ni de la aprobación de nadie porque nadie existe en ese instante en el que se dan cuenta de que son libres de dejarse arrastrar hacia la privacidad de poder hacer lo que quieran sin ser juzgados.
Cuando las piezas encajan, se hace la magia; las pupilas dilatadas, el pulso desbocado y los latidos acompasados. Las bocas se buscan con cierta ansia, coordinándose con el movimiento rítmico de los cuerpos. Comunicándose mediante gemidos, a lametazos y mordiscos. Con la cabeza en otra parte, se entregan del todo, se dejan ser, se sienten vivos, únicos y brillantes.
Sobra todo; sobra la luz, la ropa, el pudor, el silencio, el mundo. Existen solo el placer y las ansias de olvidarse de lo que hay fuera de la habitación, de olvidarse casi hasta de sus nombres.
Y cuando llegan al punto más luminoso de su ser, cuando ya no pueden más y han perdido hasta la cabeza, se funden y, durante un instante, no se puede a penas distinguir a una persona de la otra. No hay ninguna diferencia, son lo mismo; un cuerpo jadeante que trata de recuperar el dominio de si mismo para volver a ser uno pero sin querer separarse de la mitad que lo acompaña.
Y entonces un beso, solo un beso basta para sacarse una sonrisa agotada que, entre costosas respiraciones, da pie a más besos y a una deliciosa calma compartida que no todo el mundo puede entender.
Comienza el estallido. Se para el mund. Las luces se desvanecen, se enciende la oscuridad.
Primero juegan; se acarician con suavidad, recorren sus cuerpos con las manos, desdibujando sus formas con los dedos; escalofríos. Se besan, besos rápidos, cortos, acelerados. Vacilantes en algún momento, entre risas, se evitan para luego dejar caer los suspiros, mientras los besos se van alargando. Se van transformando en un baile de lenguas que se buscan tímidamente en un primer instante y después, progresivamente, con más ansiedad. Labios que no quieren despegarse, pero que lo hacen solo para depositar nuevos besos en distintos lugares; el cuello, el pecho, la mejilla, la frente, la comisura de los labios, la espalda... Comentarios sueltos, carentes de sentido a veces, otras no. Una sonrisa que se escapa, una mirada cargada de calor que transforma las caricias suaves en encuentros más lascivos, más ardientes y húmedos.
Y entonces ocurre. La timidez sale volando, enganchada a las prendas de ropa que se arrancan el uno al otro. Miradas fugaces e intensas, cargadas de deseo, de pasión, de ganas de poder devorarse, de poder tenerse, sentirse, amarse en un término totalmente apartado de la sociedad. Un contacto infinito que no precisa de palabras ni de la aprobación de nadie porque nadie existe en ese instante en el que se dan cuenta de que son libres de dejarse arrastrar hacia la privacidad de poder hacer lo que quieran sin ser juzgados.
Cuando las piezas encajan, se hace la magia; las pupilas dilatadas, el pulso desbocado y los latidos acompasados. Las bocas se buscan con cierta ansia, coordinándose con el movimiento rítmico de los cuerpos. Comunicándose mediante gemidos, a lametazos y mordiscos. Con la cabeza en otra parte, se entregan del todo, se dejan ser, se sienten vivos, únicos y brillantes.
Sobra todo; sobra la luz, la ropa, el pudor, el silencio, el mundo. Existen solo el placer y las ansias de olvidarse de lo que hay fuera de la habitación, de olvidarse casi hasta de sus nombres.
Y cuando llegan al punto más luminoso de su ser, cuando ya no pueden más y han perdido hasta la cabeza, se funden y, durante un instante, no se puede a penas distinguir a una persona de la otra. No hay ninguna diferencia, son lo mismo; un cuerpo jadeante que trata de recuperar el dominio de si mismo para volver a ser uno pero sin querer separarse de la mitad que lo acompaña.
Y entonces un beso, solo un beso basta para sacarse una sonrisa agotada que, entre costosas respiraciones, da pie a más besos y a una deliciosa calma compartida que no todo el mundo puede entender.
"Bailes de salón, bailes de saliva y sudor."
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